- El artista mexicano, famoso por sus icónicas «Manos» y «Sillas Doradas», falleció a los 90 años, dejando un legado de 34 obras y una dosis eterna de ironía.
El mundo del arte y el absurdo se vistieron de gris. Este jueves 5 de marzo del 2026, el universo perdió a uno de sus creadores más excéntricos y queridos: Pedro Friedeberg falleció a los 90 años, dejando un vacío tan asimétrico como las líneas que solía dibujar.
Nacido en 1936, Friedeberg no solo creaba arte; lo habitaba. Su estudio, un caos de color y líneas perfectas, fue el laboratorio donde dio vida a sus famosas «Sillas Mano», esos tronos dorados que parecen susurrar secretos surrealistas. Desde su emblemática ventana con vista a la Avenida Reforma, el artista tejió los hilos de una creatividad que desafió lo convencional durante casi un siglo.
Arquitecto de formación, pero artista por convicción, Friedeberg se convirtió en un maestro de lo imposible. Con una elegancia única, supo burlarse de las ideologías y del socialismo, haciéndonos reír de lo absurdo de la existencia a través de laberintos, puntos y comas que poblaron sus cuadros.
Pero su relación con el arte también fue un pacto con la eternidad. «Pagar impuestos es inmortalizar la obra», parecía pensar el artista, quien decidió dejar un legado tangible de 34 obras a la Nación a través del pago en especie. Una jugada maestra para, en sus propias palabras, «inmortalizarse».
Discípulo del juego y compañero de generación de figuras como Remedios Varo, Friedeberg nunca soltó la pluma que tomó de su abuelo a los tres años. Se fue el niño que nos enseñó que la creatividad no tiene reglas y que el egoísmo puede ser, a veces, la forma más pura de creación.
Buen viaje, Maestro.
















Deja un comentario